sábado, 17 de octubre de 2015

Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura


Estocolmo. La bielorrusa Svetlana Alexievich fue distinguida hoy con el Premio Nobel de Literatura 2015 por su "obra polifónica", un "monumento al sufrimiento y al valor en nuestro tiempo" con el que por primera vez la Academia Sueca galardona el oficio periodístico.
La periodista y escritora, de 67 años, es la decimocuarta mujer recompensada por el Nobel de Literatura desde su creación en 1901.
El anuncio no sorprendió, pues la autora de Voces de Chernóbil, llevaba desde la víspera como favorita en las listas de apuestas. "¡AL FIN!", titulaba el diario sueco Aftonbladet en su edición online. Además de ser la primera periodista distinguida con el galardón, Alexievich es también una de las pocas mujeres en recibirlo: con ella, desde 1901, suman 14.
"Acabo de hablarle", dijo Sara Danius, la secretaria de la Academia Sueca a la televisión pública SVT. "Sólo dijo una palabra: ¡Fantástico!", explicó. "Es una gran escritora, que encontró nuevos caminos literarios", declaró Danius. "Es extraordinario recibir este premio", reconoció la escritora, a la que la emisora sueca SVT contactó por teléfono.
Alexievich, es autora de libros sobrecogedores sobre la catástrofe de Chernóbil o la guerra de Afganistán, prohibidos en su país, que no le perdona el retrato que hizo del "homo sovieticus", un ser incapaz de ser libre.
Muchos de sus compatriotas la leen, aunque el régimen autoritario del presidente Alexander Lukashenko impide sus apariciones públicas en Minsk, donde reside parte del año. "Durante los 30 o 40 últimos años dedicó su tiempo a la cartografía del individuo soviético y postsoviético. Pero no es una historia de los acontecimientos. Es una historia de las emociones, una historia del alma", explicó Danius a la Fundación Nobel.
El anuncio del galardón fue muy aplaudido por el numeroso público presente en la Academia Sueca.
"¡Tenemos el Nobel", celebraba en Twitter la alianza crítica con el régimen Charta 97.
Premio Nobel, señal política
La decisión de la Academia Sueca se entendió también como una clara señal política, aunque la nueva secretaria permanente del gremio, Sara Danius, lo rechace. "No veo nada de político en ello", declaró, pero el eco del galardón es incuestionable, empezando por Bielorrusia. El primer Nobel de Literatura para la ex república soviética llega apenas tres días antes de que su autoritario presidente, Alexander Lukashenko, se presente a su quinta reelección.
Alexievich siempre se ha mostrado crítica con el régimen bielorruso, que prohibió la publicación de sus obras. En parte debido a ello abandonó el país a comienzos del nuevo milenio, pero regresó en 2011. "Quiero vivir en casa, con mi gente", dijo entonces. Y aunque la situación mejoró un poco desde que en 2013 recibió el Premio de la Paz de los libreros alemanes, continúa siendo silenciada.
El fallo del jurado sueco se lee también como una clara señal hacia Vladimir Putin, pues la galardonada es muy crítica con el presidente ruso. Pero sería erróneo encasillar a Alexievich en el cajón de las activistas políticas: la fascinación por su obra literaria se fundamenta en su capacidad para crear collages de vivencias, creando "libros de voces".
Alexievich confirmó que el próximo 10 de diciembre, día de la muerte de Alfred Nobel, estará en Estocolmo para recibir el galardón de manos del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia. Con el premio, dotado con ocho millones de coronas (unos 850 mil euros/950 mil dólares) y que el año pasado fue para el francés Patrick Modiano, se impuso a otros eternos candidatos como el japonés Haruki Murakami o el estadounidense Philip Roth.

domingo, 11 de octubre de 2015

Svetlana: la voz de los otros

L
os libros de Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura 2015, se caracterizan por una pasión: transmitir las voces de todas las personas que vivieron, como ella, la época histórica del comunismo soviético, vivencia que no se encuentra en los innumerables libros publicados. Hay una historia oficial que circula en los libros, y hay una historia que cuenta lo que verdaderamente se vivió.
Eltchaninoff le pregunta: ¿Qué queda de sus recuerdos? Cierta desconfianza de la palabra impresa. Svetlana no escribe novelas, da la palabra a los actores de la vida real. Y lo real, para esta escritora, es el apego a la verdad y a lo justo. A diferencia de las novelas históricas o de lasbiografías ficticias, donde sus autores toman de la historia a sus personajes y reinventan sus vidas poniendo en sus bocas palabras que los protagonistas no pueden contradecir puesto que han muerto tiempo atrás, creándole hijos bastardos, Alexievich escribe de personas vivas, no las inventa, las representa tal cual son porque las visita y sabe escucharlas: Svetlana no se permitiría desfigurarlas con su imaginación. Más cercana al reportaje que a la ficción, la autora conversa con la gente, altos funcionarios del régimen en sus oficinas aterciopeladas o personas de los más diversos oficios populares en sus cocinas: ¿por qué en sus cocinas? “Las cocinas rusas… Esas cocinas miserables de los años 60, nueve metros cuadrados o incluso 12 (¡el gran lujo!), separadas de los excusados por una delgada pared. Un arreglo típicamente soviético… Laperestroika es la generación de las cocinas. ¡Gracias, Khrouchtchev! En su época la gente dejó los departamentos comunitarios y comenzaron a tener cocinas privadas, en las cuales se podía criticar el poder y, sobre todo, no se tenía miedo, porque se estaba en su casa.”
El destino del pueblo ruso ha pasado por cambios tan imprevisibles que Svetlana no pretende explicarlos. Así, escucha. Los testigos son numerosos: una polifonía.
Voy hacia el hombre para hallar su misterio, de alma a alma, porque todo sucede ahí, dice Alexievich. A diferencia de los historiadores que escriben la historia oficial, sin trazas de sentimientos, sueños o costumbres, Svetlana escucha a las personas en su vida diaria, con sus recuerdos dolorosos o tiernos, momentos de horror de la guerra, cuando, por ejemplo, una mujer prefiere ahogar a sus hijos que verlos caer en las manos de los nazis, alternados con momentos de ternura de recuerdos de amor.
La escritora busca descubrir en cada encuentro la esencia del alma rusa. Admiradora de Dostoievski, ve en sus personajes el alma de Rusia. ¿Qué es esa alma? ¿Cómo recuperarla? Porque, para Svetlana, el alma rusa, contra la cual ni siquiera el comunismo pudo atentar, se está perdiendo ahora aplastada por las leyes del mercado de la sociedad de consumo. Alexievich, hija de un comunista, habiendo pertenecido ella misma a la juventud comunista, satiriza y critica, no sin humor, a la sociedad soviética: intentaron sustituir al homo sapiens por el hombre ideal; lograron crear el homo sovieticus.Lúcida, a pesar de su rechazo absoluto al totalitarismo, no puede dejar de observar que, sin el totalitarismo estaliniano no se habría vencido a las tropas hitlerianas. Como sin ese absolutismo, los hombres que penetraron en mangas de camisa, a sabiendas de que pagarían con sus vidas esa incursión al interior del sarcófago de Chernóbil, salvaron a millones de habitantes. Los rusos estaban dispuestos a morir por principios más altos que la compra de un aparato de televisión, unos jeans o un auto. Cada quien, ahora, nota Svetlana, se preocupa de su vida personal, el alma rusa, esa pasión de poseídos, locura mística a la Dostoievski, va extinguiéndose frente al egoísmo de cada quien.
La escritura de Svetlana Alexievich es revolucionaria, vuelta al origen: el autor es sólo un transcriptor. Homero no ejerce otro oficio cuando deja la palabra a la Diosa y a los héroes.

viernes, 9 de octubre de 2015

Una solitaria voz humana

N
o sé de qué hablar... ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?
Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle agarrados de la mano, hasta cuando íbamos de compras.
Siempre juntos. Yo le decía: Te quiero. Pero aún no sabía cuánto le quería. Ni me lo imaginaba... Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Junto a otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y en el bajo estaban los coches. Unos camiones de bomberos rojos. Este era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba...
En mitad de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio:
–Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Volveré pronto.
No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero... Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín se debía a que ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaría, como si fuera resina. Sofocaban las llamas y él, mientras, reptaba. Subía hacia el reactor. Tiraban el grafito ardiente con los pies... Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.
Las cuatro... Las cinco... Las seis... A las seis teníamos la intención de ir a ver a sus padres. Para plantar patatas. Desde la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. Íbamos a sembrar, a arar. Era su trabajo favorito... Su madre recordaba a menudo que ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; incluso le construyeron una casa nueva.
Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó, solo quería ser bombero. Ninguna otra cosa. (Calla.)
A veces me parece oír su voz... Oírlo vivo... Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero nunca me llama... Ni en sueños... Soy yo quien lo llama a él...
Las siete... A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí hacia allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Solo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: Los coches están irradiados, no os acerquéis. No solo yo, vinieron todas las mujeres, todas cuyos maridos habían estado aquella noche en la central.
Corrí en busca de una conocida que trabajaba como médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche:
–¡Déjame pasar!
–¡No puedo! Está mal. Todos están mal.
Yo la tenía agarrada:
–Sólo quiero verlo.
–Bueno –me dice–, corre. Quince o 20 minutos.
Lo vi... Estaba hinchado, todo inflamado... Casi no tenía ojos...
–¡Leche! ¡Mucha leche! –me dijo mi conocida–. Que beba al menos tres litros.
–Él no toma leche.
–Pues ahora la tendrá que beber.
Muchos médicos, enfermeras y, especialmente, las auxiliares de aquel hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas. Morirían... Pero entonces nadie lo sabía.
A las 10 de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero... El primer día... Luego supimos que, bajo los escombros, se había quedado otro... Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Pero entonces aún no sabíamos que todos ellos serían solo los primeros...
Le pregunto:
–Vasia, ¿qué hago?
–¡Vete de aquí! ¡Vete! Estás esperando un niño. –Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Él me pide–: ¡Vete! ¡Salva al crío!
–Primero te tengo que traer leche, y luego ya veremos. Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la aldea más cercana a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar y les pusieron el gota a gota. Los médicos nos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.
Entretanto, la ciudad se llenó de vehículos militares, se cerraron todas las carreteras... Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos... Lavaban las calles con un polvo blanco... Me alarmé: ¿cómo iba a conseguir llegar al pueblo al día siguiente para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación... Solo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba su pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles... La vida seguía como de costumbre. Solo... lavaban las calles con un polvo...
Por la noche no me dejaron entrar en el hospital... Había un mar de gente en los alrededores. Yo estaba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre, alguien entendió lo que decía: que aquella noche se los llevaban a Moscú. Todas las esposas nos arremolinamos en un corro. Y decidimos: nos vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos abrirnos paso a golpes, a arañazos. Los soldados..., los soldados ya habían formado un doble cordón y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella misma noche en avión a Moscú; que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no funcionaban, y fuimos a pie, corriendo, a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado... Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos...
Llegó la noche... A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle cubierta de espuma blanca... Íbamos pisando aquella espuma... Gritando y maldiciendo...
Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad, para tres o, a lo mejor, cinco días. Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña. La gente hasta se alegró:¡Nos mandan al campo! Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne asada para el camino, y compraban vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos... ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Solo lloraban las mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.
No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre, fue como si despertara:
–¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!
Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles... (¡Y a la semana evacuarían la aldea!) ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal...
Esa noche soñé que me llamaba. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: ¡Liusia, Liusia! Pero, una vez que murió, ni una sola vez. No me llamó ni una sola vez. (Llora.) Me levanté por la mañana y me dije: Me voy sola a Moscú. Yo que...
El galardón otorgado este miércoles por la Academia Sueca a la periodista y escritora Svetlana Alexievich ocurre a unos días de que llegue a las librerías mexicanas su libro El fin del homo sovieticus,publicado por la editorial Acantilado, a la par de que se prepara la publicación en castellano de tres de sus obras, La guerra no tiene rostro de mujer, Los chicos de latón Los últimos testigos, que se suman aVoces de Chernóbil: crónica del futuro.
El fin del homo sovieticus estará en los puntos de venta en tres semanas, de acuerdo con Paola Tinoco, vocera de Acantilado, sello que es distribuido en México por Colofón, mientras el grupo editorial Penguin Random House anunció en un comunicado la publicación de tres títulos.
El primero Voces de Chernóbil: crónica del futuro, uno de sus trabajos esenciales, que se publicó en enero de este año en el sello Debolsillo, y que se publicará a finales de este 2015 de nuevo en Debate; ambos sellos pertenecen al grupo editorial.
La guerra no tiene rostro de mujer,obra maestra del periodismo de investigación sobre las mujeres que combatieron en la Segunda Guerra Mundial, también se publicará este año, mientras Los chicos de latónestará listo en el primer semestre de 2016 y Los últimos testigos en 2017.
Voces de Chernóbil, del que se ofrece un fragmento en estas páginas con autorización de Penguin Random House, se publicó primero en castellano en 2006 por el sello Siglo XXI Editores y después por Debate.

Descubrió un género literario que parte de la labor periodística: Sara Danius

Periódico La Jornada
Viernes 9 de octubre de 2015, p. 4
Estocolmo.
Los libros de la premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexievich, recrean una historia de los sentimientos, afirma la nueva secretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius.
Danius encuentra muchos motivos por los que la escritora bielorrusa se merece el galardón más importante de las letras y cuenta cuál fue la reacción de la misma al recibir la llamada.
–Seguramente ha debido agradarle que el primer Nobel que entrega como secretaria permanente de la Academia Sueca sea a una mujer, ¿no?
–Es una bonita coincidencia. Pero lo único que de verdad importa cuando la Academia toma la decisión de entregarlo es la calidad literaria.
–¿Qué hace a Alexievich tan especial?
–Ofrece una crónica literaria del sentimiento vital de los individuos durante la época soviética y postsoviética. Lleva trabajando en ese proyecto más de 40 años y como resultado tenemos un ciclo de obras literarias, que ha llamado Voces de la Utopía. No le interesan las consecuencias históricas, sino una historia de sentimientos. Nos regala un mundo emocional. Y, por si todo esto fuera poco, también ha descubierto un nuevo género literario, uno que parte del trabajo periodístico. Por eso ella habla siempre de trabajos corales, como una reunión de voces.
–Es la primera vez que el premio se entrega a una periodista.
–Sí, pero sería bueno recordar que el premio se entregó también a principios de siglo al historiador alemán Teodoro Mommsen, a Winston Churchill y a un par de autores de no ficción antes que a ella. El jurado siempre ha sido bastante flexible a la hora de considerar qué es literatura. También es muy importante comprender que Alexievich ha trascendido los formatos convencionales del periodismo. Ella se mantiene en un segundo plano. Lo único que de verdad le interesa son las voces. Voces reales de personas reales (...).
–¿Cómo reaccionó Alexievich al premio?
–La llamé por teléfono y apareció esa voz al otro lado. No estaba segura de estar hablando realmente con ella, por lo que tardé un poco en asegurarme y darme cuenta de que, efectivamente, lo era. Cuando ella entendió quién era yo y para qué la llamaba dijo sólo una palabra:Fantástico.
Sara Danius es la secretaria permanente de la Academia Sueca desde junio de 2015. A sus 53 años, esta profesora de Literatura en la Universidad de Estocolmo no sólo destaca en el campo de la crítica literaria y el periodismo, sino que también ha escrito libros sobre cocina y cerámica. Además, trabajó decroupière en un casino.

La realidad me saca a la calle y ya no puedo callar, dijo Alexievich a La Jornada en 2003

Mónica Mateos-Vega
 
Periódico La Jornada
Viernes 9 de octubre de 2015, p. 4
En 2003, la periodista Svetlana Alexievich visitó México para participar en el encuentro de escritores Cartas del Destierro, que organizó la Casa Refugio Citlaltépetl dentro de las actividades del Festival de México en el Centro Histórico.
En ese tiempo compartió su experiencia como escritora perseguida en su país, entonces refugiada en Pontedera, Italia.
Acusada en falso de pertenecer a la estadunidense Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) y con gran parte de su obra prohibida en las ex repúblicas soviéticas, Alexievich convivió entonces con sus colegas Wole Soyinka (Nigeria, premio Nobel de Literatura en 1986), Christian Salmon (Francia), Bei-Dao (China) y Assia Djebar (Argelia), entre otros autores.
La conocimos más que como una reportera del día a día, como una periodista tratando de tomar altura, recuerda Philippe Ollé-Laprune, quien fue el anfitrión de la hoy galardonada con el máximo premio literario internacional.
Svetlana es una mujer muy discreta, casi tímida, que cuando vino a México sólo hablaba ruso. Nos acompañó a inaugurar la Casa Refugio de Puebla. Ella es alguien que depende del sistema de casas refugio, por eso ha vivido en varios países, por ejemplo, entre 2006 y 2008 radicó en Gotemburgo, Suecia, añade Ollé-Laprune.
El director de las casas refugio para escritores en México considera que la premio Nobel de Literatura 2015 siempre manifestó su interés por prestar su pluma a quienes no pueden escribir, de esta manera es como difunde en su obra el derrumbe del mundo soviético, o la situación en Afganistán.
En español, continúa, “por el momento tenemos a la mano su libroVoces de Chernóbil (1997, traducido al castellano en 2006 por Siglo XXI y reimpreso en 2014 por Penguin Random House), el cual es alucinante; habla de una violencia tan extrema que al terminar de leerlo no pude dormir durante dos días.
“Pero también está La guerra no tiene rostro femenino (1983), en la que, a partir de una serie de entrevistas, aborda el tema de las mujeres rusas que participaron en la Segunda Guerra Mundial, donde afirma que las mujeres son mejores francotiradoras que los hombres porque tienen más paciencia para esperar a su objetivo.”
Esta es la entrevista que Alexievich concedió a La Jornada durante su visita al país en 2003:
–Su labor ha sido doble desde el inicio: escribir a partir del testimonio y defender sus libros.
–Puedo decir que no amo la calle y que bien podría pasarme la vida en casa, dedicada a actividades intelectuales, pero resulta que la realidad siempre me saca, y ya que estoy fuera, no consigo callarme: en las barricadas no están las respuestas a todas las preguntas. Ahí lo único que pasa es perder la visión y el oído, por eso decidí defender mi existencia y el producto de mi trabajo. Sé que lo único que deseo es escribir, pero ya no consigo hacerlo si no narro la experiencia real de los demás.
–Su aprendizaje no proviene de la academia ni del mundo editorial, sino del ejercicio de periodista y narradora.
–Así es, no hay forma de conseguirse un título de escritor; hay muchas personas que cantan y dibujan, pero cantantes y pintores hay pocos.
Todo artista ha de proponer no sólo un estilo propio, sino una nueva visión del mundo. Cuando uno ofrece una nueva explicación de la realidad se rompe la coraza de banalidad que nos ha venido rodeando. Con esto no quiero decir que me convierta en predicadora, sino que es indispensable dar lecturas novedosas de acontecimientos que afectan a grandes grupos sociales. Y en todo caso la palabra ha de ser modesta.
–En algunas ocasiones detrás de esa coraza estaba el ejército, así que el adversario no era pequeño.
–Me atrevo a pensar que hoy tenemos nuevos adversarios contra los que es preciso estructurar imaginativas formas de resistencia. Me tocó estar entre los escritores rusos y bielorrusos que sufrieron por el imperialismo soviético. Nosotros pensamos que bastaba con derrumbar el poder partidario, pero al paso del tiempo descubrimos que incluso con un cambio la actitud de las personas no variaba.
“Al antiguo poder de los comunistas se agregó el poder de la propiedad. Perdimos la educación y la asistencia médica gratuitas. El hombre de la calle está hoy en la misma miseria. La intelectualidad, por su parte, está confundida y deprimida, mientras los jóvenes senorteamericanizan. Parece que la revolución no resolvió nada, por eso es necesario encontrar nuevas formas de lucha.
La ex Unión Soviética tuvo siempre la idea de construir un mundo ruso, pero en lugar de eso estamos construyendo un mercado. Lo más alto a que un ciudadano puede aspirar, en lugar de sus sueños, es a un Mercedes. Eso descorazona a cualquiera.

Conceden el Nobel de Literatura a la periodista Svetlana Alexievich

Juan Pablo Duch
Corresponsal
Periódico La Jornada
Viernes 9 de octubre de 2015, p. 3
Moscú.
El máximo reconocimiento a quien se dedica a las letras –de acuerdo con el anuncio difundido ayer por la Academia Sueca que concede el Premio Nobel de Literatura– correspondió este año a la periodista bielorrusa Svetlana Alexievich, notable cronista de algunas de las grandes tragedias del siglo XX, con una prosa documental que se basa en realizar entrevistas para obtener el riguroso testimonio de quienes las sufrieron en carne propia.
Mediante su extraordinario método de trabajo, Alexievich inventa un nuevo género literario, que consiste en “un collage cuidadosamente compuesto por voces humanas que nos permite profundizar en la comprensión de toda una época”, afirmó Sara Danius, secretaria permanente de esa academia, al dar a conocer la noticia.
La Segunda Guerra Mundial, la guerra de Afganistán, la catástrofe de Chernóbil y el caos de la transición postsoviética son algunos de los temas que aborda Alexievich en su obra, quien –acaso para explicar los horrores que describe de manera descarnada–, sostiene: Tuve que descender al infierno para conocer al ser humano.
La bibliografía de Alexievich consta de apenas siete libros pero “sus escritos polifónicos –en opinión de los académicos suecos– constituyen un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo” y, por tanto, son dignos merecedores del Nobel.
La misma premiada define con estas palabras su labor de escritora: “En más de 40 años en realidad llevo escribiendo un solo libro: la crónica ruso-soviética de la revolución, elgulag (campos de concentración en tiempos de Stalin), la guerra, Afganistán, Chernóbil, la disolución del ‘imperio rojo’. Sigo los pasos del tiempo soviético. Veo detrás un mar de sangre y una inmensa fosa común. En mis libros el ‘hombre pequeño’ habla de sí mismo, nadie le pregunta nada y desaparece sin dejar huella, llevándose sus secretos. Yo sólo trato de escuchar, de captar, de memorizar. Voces, voces… viven en mí, me persiguen…”.
Traducida ya a una veintena de idiomas, y por ahora casi inédita en español, la obra de Alexievich, de marcado corte periodístico al sumar testimonios por separado que devienen una sola radiografía de la realidad, antes y después de la desaparición de la Unión Soviética, goza de merecida fama mundial.
Hace tres décadas, cuando ella tenía 37 años de edad y era una desconocida periodista de Minsk, entregó a una editorial de Moscú su primer libro, La guerra no tiene rostro de mujer, que terminó de escribir en 1983 y que vio la luz dos años después, cuando la perestroika de Mijail Gorbachov puso fin al debate de si su texto era demasiado pacifista o denigraba el heroísmo de la mujer soviética.
La puesta en escena de esta opera prima de una discípula de Ales Adamovich, escritor bielorruso a quien la propia Alexievich reconoce como su maestro, en el legendario teatro Taganka de Yuri Liubimov, se convirtió en todo un suceso y llegó a considerarse una de las más claras muestras de apertura en la Unión Soviética de 1985.
El mismo año publicó Los últimos testigos, con menos resonancia, y en 1989 volvió a los primeros lugares de libros más vendidos en la Unión Soviética con Los chicos de latón,basado en entrevistas a madres de soldados que perdieron la vida en la guerra de Afganistán.
No menos impactante resultó su siguiente libro, Embrujados por la muerte (1993), dedicado a quienes optaron por suicidarse al no poder asumir la caída del sistema socialista.
Alexievich necesitó cuatro años más para dar a conocer quizás su obra maestra hasta la fecha: Voces de Chernóbil, centrado en la catástrofe en la central nuclear y publicado en ruso en 1997 y en español hasta 2006 con el sello de Siglo XXI Editores.
Testimonios del drama socialista
En 2004 lanzó una versión actualizada de Los últimos testigos. Sólo para voz infantil, y tras casi una década sin publicar, ofreció en 2013 El tiempo de segunda mano: el final del hombre rojo.
En este libro, que forma parte de la serie que ella denomina Voces de la Utopía, la escritora se propone “escuchar honestamente al homo sovieticus, auténtico protagonista del drama socialista que aún sobrevive como ruso, bielorruso, ucranio, kazajo…”, según anota en el prólogo.
Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos diferentes idiomas, pero somos inconfundibles, nos reconocen enseguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo, subraya Alexievich.
Ciudadana de Bielorrusia, nacida por circunstancias del trabajo del padre en Ucrania y residente desde hace un tiempo en Alemania, Svetlana Alexievich es la sexta escritora en lengua rusa que recibe el Nobel, después de Ivan Bunin (1933), Boris Pasternak (1958), Mijail Sholojov (1965), Aleksandr Solzhenitsin (1970) y Iosif Brodski (1987).

viernes, 2 de octubre de 2015

TODO EL PAÍS EN ZACATECAS

Abel Ruiz López

Con motivo del XXXIV Festival Nacional de Arte y Cultura, se reunieron, del 25 al 29 de septiembre de 2015, en la ciudad de Zacatecas la mayoría de los Institutos Tecnológicos del país para ofrecer espectáculos diversos relacionados con la música, la danza, las artes plásticas y la creación literaria.

Los escenarios fueron teatros, plazas, explanadas, parques, jardines, la Plaza de Armas y el Palacio de Gobierno. Alrededor de tres mil jóvenes de los institutos pertenecientes al Tecnológico Nacional de México se posesionaron de los espacios públicos de la ciudad rosada para mostrar al México pluriétnico.


El Instituto Tecnológico de Oaxaca participó en música y danza folclórica, artes visuales y creación literaria. Aquí se muestran algunas fotos al respecto.