Los promotores de Mérida, Yucatán, invariablemente la
presentan como “ciudad blanca”, en alusión a la roca calcárea de los edificios
construidos durante la Colonia, sobre todo, la catedral, esa enorme mole
arquitectónica que fue levantada con materiales de las pirámides de la antigua
ciudad maya Thó. Pero no, no es por el ocre claro de las casas, templos y
edificios públicos, sino por un tremendo racismo que aún cala pese a que la
Mérida actual es una de las ciudades más evolucionadas en todos los aspectos. No
obstante, los primeros colonizadores decidieron que Mérida fuera construida por
los blancos y para los blancos. En efecto, así fue, los esclavos negros y los indígenas tributarios
y sirvientes tenían sus barrios en la periferia de la blanca Mérida, y lo que
es el centro histórico actualmente, era únicamente para los peninsulares y
criollos.
Ese racismo se diluyó como rencor histórico en el mestizaje.
Actualmente Mérida es una ciudad hermosa y alegre, aunque llena de
contradicciones.
Las fotos siguientes corresponden a meridanos que gustosos posaron
para la revista identidad. Unos
jugadores de pelota después de la función del viernes, Mateo en su tienda de artesanías,
Fernando en los bajos de Pichetta, Yair atendiendo a sus comensales, una
mestiza, en el mercado, es entrevistada por la televisión coreana y el alcalde
de la ciudad, Mauricio Vila Dosal, acorralado por las cámaras de televisión en
la Plaza Grande.
Aparecen, también, las amigas Ligia, Margarita y su hijo
Brian y Marlene con su pequeña.
(Abel Ruiz
López)
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